jueves, 22 de octubre de 2026

Mirar al cielo


«Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo» 
Pedro Páramo.

Por: Dr. José de Jesús Marmolejo Zúñiga.

El andar de los años, cuando se acumula en el alma no como peso sino como maduración, suele devolvernos a ciertos interrogantes que el tiempo, en su discurrir apresurado, deja suspendidos en el aire. Entre ellos, la pregunta que alguna vez interrumpió el tránsito cotidiano en el umbral de una entrevista: «¿Qué es lo que buscas ahora?». Aquella interpelación, que en su momento pareció un trámite, se revela hoy como un relámpago que ilumina la propia historia. No era un examen del hacer, sino un cuestionamiento del ser; no pedía un recuento de logros, sino una toma de conciencia, un ejercicio de íntimo empoderamiento donde el sujeto se descubre dueño de su destino.

A esa pregunta le siguió otra, más vasta y nocturna, de esas que exigen el silencio para ser escuchadas: «¿Cuál es tu misión en la vida?». En aquel entonces, la respuesta se desvanecía en la penumbra de lo inconcreto, como si el destino fuera un territorio aún sin cartografiar.

Hoy, tras veintidós años de trajinar por los senderos de la profesión —donde el esfuerzo, la innovación y la exigencia no han sido meras palabras, sino el fuego con el que se templa el carácter—, el panorama se aclara. El valor no es ya una promesa, sino una certeza contrastada en el rigor de las batallas diarias, superadas bajo la mirada de una trascendencia que sostiene. En esta hora de madurez, se disuelve cualquier asomo de duda. No hay lugar para el regateo ni para la mirada condescendiente del otro: el potencial se ha hecho acto, la capacidad de transformar y ennoblecer las instituciones es un hecho visible, y el propio valor no admite desvalorización alguna. Se tiene, al fin, la fuerza para nombrar lo que se sabe, para sostener con templanza los resultados y para ofrecer la propia maestría sin rebajar su dignidad.

En este recodo del camino, se produce un desasimiento necesario. La ansiedad y la melancolía, esas sombras que a menudo escoltan la búsqueda, se despiden para dejar en su sitio una sobria confianza, un respeto que empieza por el propio templo interior y se extiende hacia los demás. Es el instante preciso en que el ser humano, como en la intuición de la gran literatura, decide que no es tiempo de mirar al polvo. Como quien se despoja de una antigua pesadumbre, es hora de alzar la mirada al cielo y mantenerla fija en la inmensidad, no con la soberbia del que desafía, sino con la humilde grandeza del que se sabe hijo de la creación, partícipe de su misterio y de sus infinitas posibilidades. Alzar la vista al cielo es, en definitiva, volver a habitar el mundo con la dignidad de quien camina al amparo de lo alto, sin olvidar jamás la tierra que se pisa ni la promesa de infinito que nos habita.








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