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miércoles, 15 de diciembre de 2021

El poema depende de la palabra y a la vez lucha por trascenderla


 

Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga

“El sabor del vino una tarde o el color de una nube sobre el mar…” Son parte de la hermosa forma de narrar la vida de Octavio Paz.

Sus palabras están llenas de instantes, de enamorarse de las pequeñas cosas, del respirar, pero también del degustar.

Nuestro gran poeta, cosmopolita, universal, puede aparecer frente a usted con las descripciones combativas y libertarias de Elena Garro y Elena Poniatowska; o en la mirada amorosa, llena de libertad de María José. Cualquiera que sea el enfoque, la experiencia de Octavio Paz nos permite, mediante la palabra poética, viajar a otros cielos, a otras tierras y a otras verdades.

Su visión alcanza calmos mares y tempestuosos océanos, siempre fluye en dualidades: “El poema depende de la palabra, pero a la vez lucha por trascenderla…” nos dice. En este tipo de madurez del lenguaje, en el que pasamos de lo meramente descriptivo a lo mágico y vital para el ser humano, se puede rematar con su siguiente frase: “las palabras del poeta justamente por ser palabras, son suyas y son ajenas”, dentro encontramos la fórmula para toda creación humana que habremos de hacer propia y tomar prestada.

A continuación, nos lanza un reto, para transitar por un camino distinto la vida, quizá solo para vivirla:

“Un poema que no luchase contra la naturaleza de las palabras, obligándolas a ir más allá de sí mismas y de sus significados relativos, un poema que no intentase hacerlas decir lo indecible, se quedaría en simple manipulación verbal”.

Idealismo, utopía, mirada de posibilidad, Octavio Paz, en el sentido de dualidad arriba citado, nos ofrece hacer algo nuevo, redescubrirnos, presentar nuestra sencillez revestida de gala. Es la mirada antigua característica de los mejores espíritus ancestrales: se refleja en el canto a los pájaros y las flores de Nezahualcóyotl; las confusas reflexiones en torno al lucero de la mañana, en la leyenda de Quetzalcóatl del Maestro Ángel María Garibay, pero también es perceptible en los inicios mismos de la humanidad con Gilgamesh resaltando héroes, cual antecedente a las epopeyas griegas; en el libro de los cantos (Shi Jing) creado posiblemente por Confucio en China; el Manyoshu japonés, versos en las primicias de la civilización.

De los griegos, y sus relatos de hombres en consonancia con los dioses, nos recuerda que para ellos “el hombre forma parte del cosmos, pero su relación con el todo se funda en su libertad”. Concepto anecdótico, valor que se conquista todos los días, prueba de fuego para una conciencia con alas.

Y de estos ejemplos comienza una apasionada defensa que solo un vigía en alto mástil visualiza, se despliegan las velas, el aire fresco de una primavera comienza a empujarnos en un recorrido por el tiempo, la embarcación levita: “sin palabra común no hay poema; sin palabra poética no hay sociedad”; ese arrojo que trasciende el tiempo, que deja el hoy para incrustarse en el mañana, argumenta de la siguiente manera: “sin el conjunto de circunstancias que llamamos Grecia no existirían la Ilíada y la Odisea; pero sin esos poemas tampoco habría existido la realidad histórica que fue Grecia”.

Quizá la verdadera trascendencia del hombre se encuentra aquí, en fundirse con el tiempo para hacer el instante único y absoluto. Así se da origen a la historia, pues a la postre “el poema del lector no es el doble exacto del escrito por el poeta pero el lector recrea el instante y se recrea a sí mismo”.

Así, el poeta sobre la rama, en su ensayo “La consagración del instante”, nos recuerda que la poesía es presente y, como la vida, requiere encarnarse todos los días en la historia para existir plenamente.

Divinicemos el momento.

 

La poesía es pensar alto, sentir hondo y hablar claro

Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga

A Octavio Paz le gustaba pensar que sería recordado por su poesía.

¿Cuál es en su teoría el magnetismo con que la reinvención del lenguaje puede convocar a la eternidad?

En los orígenes, en la etimología de la palabra poesía que es suave, elegante y aplicable a múltiples campos, podemos encontrar la respuesta, proviene de poiesis que significa creación.

El concepto nos genera una placentera reflexión como la de quien admira bellas obras en un museo, este concepto, creación, está lleno de simbolismo. La imaginación vuela, nos hace preguntarnos, por ejemplo en ¿Qué estaría creando en él la fina dama a quien Gustavo Adolfo Becquer le dijera “poesía eres tú”? Sin duda una revolución de sentimientos capaces de abarcarlo todo.

Ahora, en esta extraña tendencia a revelarse contra el párrafo largo, podríamos decir con suficiencia que la poesía es una expresión artística de la belleza por medio de la palabra. Cabría la pena preguntarse ¿Toda ella? ¿La tragedia es bella? Encontraremos seguramente que sí, si reflexionamos en su origen, el romance, el ideal, podríamos decir el ensueño. Más poéticamente podríamos hablar del instante. Ese que se convierte en la eternidad, el cielo donde el humano puede habitar solamente cuando, de forma contradictoria, deja de serlo, es decir cuando de alguna manera se diviniza.

Además la poesía está muy lejos de ser un símbolo solo de calma, para el relax o chill out de los americanos, tiene más bien el silencioso origen de los volcanes pero desencadena pronto en fuerza, fogoso arrebato, sorprende originalidad y osadía, exquisita sensibilidad, elevación o gracia, riqueza y novedad de expresión. Hacer poesía es reinventar el lenguaje, jugar con la luz de las palabras, leer de manera distinta la vida, dar vida a personajes y echarlos a volar.

Es un viaje al principio de los tiempos y también a lo que será, en una definición libresca es 

“un indefinible encanto que halaga y suspende el ánimo infundiéndole suave y puro deleite”. 

Dicho por el Duque de Rivas:

“la poesía es pensar alto, sentir hondo y hablar claro”.

Magnífica revelación pues la primera característica nos habla de un espíritu trascendente, el del ser humano pensante, la segunda de plenitud en la vivencia bajo la luz del amor así como sus desencuentros y la tercera, de la capacidad para convertir la sabiduría en detalles propicios para la elocuencia.

Por lo anterior, Iluminados, se les ha llamado en alguna ocasión a los poetas, y es verdad, cuando la poesía tiene alas y vuela, Salvador Díaz Mirón parece desdoblar finamente el concepto previamente explorado:

La poesía, pugna sagrada:

Radioso arcángel de ardiente espada

Tres heroísmos en conjunción:

El heroísmo del pensamiento,

El heroísmo del sentimiento

Y el heroísmo de la expresión.”

De entre los seres humanos preclaros del pasado, muchos han sido poetas, ¿Quién podría la exquisitez de la siguiente frase:

 “Los lirios no hilan, ni tejen; sin embargo, ni Salomón en toda su grandeza nunca estuvo vestido como ellos”. 

Pensamiento que llega al puerto de la analogía pura, encanto por la creación, sentimiento de confianza, gratitud y humildad; elocuencia que permite que sea una enseñanza para todos. En este caso el episodio es atribuido a Cristo.

La poesía permite profundos suspiros, describiendo la transfiguración de lo común en lo deleitable, de lo monocromático en lo caleidoscópico, de la palabra en el elemento mágico:

El verso que pasa o que se posa

Sobre la mujer o sobre la rosa

Puede ser verso o puede ser mariposa.

Rubén Darío.