jueves, 18 de junio de 2026

De la prudencia a la audacia


Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga.

La madurez no es un simple sedimento de los años, ni el reloj dicta nuestro encuentro con nosotros mismos. Es el contexto, el peso de las horas, la presión del entorno y el ritmo vertiginoso al que somos sometidos, lo que precipita ese punto de inflexión. El autoconocimiento es un territorio vasto, poblado de innumerables causas y azares; sin embargo, llega un instante de fatalidad luminosa en el que decidimos, de una vez por todas, quiénes somos. Surgen entonces los axiomas que esculpen nuestra personalidad: dogmas íntimos que nos dictan si, ante el abismo del riesgo, emprendemos la huida o buscamos refugio, bajo aquella premisa primaria de "la vida y la salud primero", que luego, por inercia o por miedo, extendemos a otras esferas: "el trabajo primero", la seguridad primero. La lista de nuestras precauciones es interminable.

Pero el paisaje humano no es uniforme. Ya sea por la fatalidad de la necesidad —porque a veces la valentía es la única salida en un callejón ciego—, por una convicción profunda, o por el temple forjado en la experiencia, algunos decidimos no correr. Elegimos dar la cara. Atender la tormenta no significa olvidar nuestro linaje genético de supervivencia, sino transfigurarlo bajo una luz distinta. Resuena aquí el eco de Nietzsche y la metamorfosis del espíritu: la transmutación hacia el superhombre. Despojado de moralismos pálidos o lamentos por la muerte de los dioses, lo entiendo como una fuerza superior: la capacidad inmensa de rebelarse contra el peso de las ideas heredadas. Es el abandono del camello que carga con el deber, para encarnar al león que dice "yo quiero"; el instante exacto, cargado de voluntad, donde afirmamos una visión disidente frente al rebaño, hasta alcanzar finalmente la paz radiante del niño. El niño es la inocencia y el olvido, un nuevo comienzo, el juego de crear sobre el lienzo en blanco. Este es el verdadero puerto de llegada al que nos referimos cuando, con los ojos asombrados, decimos: "me siento como un niño con juguete nuevo". Esos son los relámpagos de la existencia: instantes venturosos de imaginación, empuje y fe en uno mismo, que se erigen como faros para iluminar la noche de nuestros días futuros.

No obstante, las etapas previas no carecen de sentido. Todos, en algún recodo del tiempo, nos aferramos a certezas que nos sostienen. Es un ciclo natural, análogo al que respira la historia del conocimiento. Es el espacio de la "ciencia normal" que describió Kuhn: el paradigma que funciona, que resuelve los enigmas cotidianos y que le otorga un techo y un significado al sujeto. Pero todo equilibrio, tarde o temprano, se resquebraja. El orden establecido deja de responder a la realidad, se vuelve cómplice de los intereses o de las redes de poder, como advertiría Foucault, y la urgencia de un nuevo paradigma se hace ineludible. Es aquí donde el surgimiento del "león" cobra una relevancia suprema. Todos albergamos a esa fiera en mayor o menor medida, con distintas intensidades, pero lo verdaderamente trascendente es el zarpazo: el resultado que nos catapulta hacia estadios de evolución inéditos. Ese momento fundacional instaura nuevos horizontes, traza límites distintos y engendra los cambios que la vida exige. Es, en suma, un rito de renovación, un ejercicio de mantenimiento vital, una confirmación de la salud para los espíritus que aún laten.

Quienes eligen remar contra la corriente habitan una realidad que a los ojos de la mayoría raya en el delirio. Nietzsche lo sentenció con lucidez en Más allá del bien y del mal: "La locura es algo raro en los individuos, pero en los grupos, los partidos, los pueblos, las épocas, es la regla". Podríamos ir más lejos y afirmar que el individuo lúcido que desafía los dogmas no solo es visto como un excéntrico, sino que su visión es activamente combatida cuando amenaza los privilegios o las creencias petrificadas de la tribu. La historia de la ciencia es un panteón de estas batallas. Cobra un peso singular la reflexión de Thiel y Masters en Zero to One: "La brillantez escasea, pero el coraje escasea todavía más que el genio". Aquel que ose innovar, que busque alterar el orden, tendrá que mirar a este monstruo a los ojos y no convertirse en piedra, ni tampoco en él, porque el héroe debe vivir lo suficiente para combatir lo que prometió pero renovarse antes de convertirse en aquello que prometió combatir.

La modernidad nos ha enseñado métodos, como los progresos graduales o el paso a paso, que predican la constancia en medio de lo que Zygmunt Bauman llamaría una "modernidad líquida". Vivimos la embriaguez de lo instantáneo, donde el deseo se sacia en minutos a las puertas de casa mediante un dispositivo. Pero las grandes arquitecturas del espíritu y de la acción exigen tiempo, esfuerzo y una visión inquebrantable. Lo que debe ser flexible es el andamiaje: la planeación, la estructura, la táctica; ello exige mantenerse ligero, despojado de la arrogancia frente al porvenir, concentrándose con humildad en la creación de obras y servicios que, por su propio peso y valor en el mercado, prescindan de los artificios de la propaganda.

Y aunque hay sabiduría en la prudencia, la verdadera pregunta que desgarra el velo es: ¿Qué verdad fundamental crees tú que muy pocos comparten contigo? Esa interrogante nos arrastra a un abismo más profundo. Allí descubrimos que la audacia es el único puente hacia la trascendencia; que la planeación, aunque siempre sujeta a la brújula del cambio, es el mapa para no naufragar en la nada —nunca perfecta, eternamente perfectible—. Comprendemos que competir en aguas ensangrentadas rinde pocos frutos y que es imperativo navegar hacia mares inexplorados, donde el valor de lo que ofrecemos y el acto de entregarlo al mundo son caras de una misma moneda.

Lo nuevo, llámesele como se quiera para calmar las conciencias tímidas, exige un fuego interior: empoderamiento, fe y, digámoslo con toda su crudeza, un entusiasmo eufórico, una voluntad radical y hasta una cierta arrogancia frente a los muros grises de la burocracia, la incredulidad o el celo profesional. No siempre como un grito de guerra hacia el exterior, sino, ante todo, como un motor sordo en las entrañas que aprende a dialogar con su tiempo. Así, la estrategia última del innovador, del creador, no es la simple negación adolescente de todo lo que escucha, sino hacer del ruido del mundo un pretexto para el silencio reflexivo; atreverse a pensar por cuenta propia.

La obra, al final, es un espejo. Nos obliga a preguntarnos: ¿Con qué dogmas comulgo y cuáles rechazo? ¿Qué vacíos vengo a llenar? ¿Por qué es un acto de valentía tener un pensamiento propio? ¿Qué hilo invisible teje mis pensamientos con mi identidad profunda? ¿Por qué importa ser quien soy? Y, en última instancia, ¿qué fragmento palpitante de mi alma he dejado oculto en las cosas que he creado?