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lunes, 25 de agosto de 2025

La otredad, la realidad y la verdad

Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga

Alguna vez leí en el Dr. Saavedra una frase que me detuvo como un relámpago en medio de la lectura: “el movimiento de la razón”. Al inicio me pareció lógico, casi evidente. “Sí, claro” —me dije—, la razón no puede permanecer inmóvil. Si el tiempo y el espacio avanzan y el ser humano con ellos, es natural que la razón también se transforme. CADA APRENDIZAJE, CADA REFLEXIÓN, VUELVE A PONERNOS EN MOVIMIENTO.

Llegó a mis manos un proyecto de investigación compilado por Miguel León-Portilla. No niego que fue su nombre el primer motivo para abrir el libro, pero la vida tiene esa manera precisa de entregar lo necesario en el momento justo. Allí, los “aprendizajes previos” se convirtieron en llaves que abrían otras perspectivas. Desde las primeras páginas me encontré con un universo de conceptos: epistemología de la historia, etnología, imágenes, lenguaje simbólico, categorías. Ideas que, en otro tiempo, habrían sido incomprensibles para mí, pero que hoy, gracias a la formación en ciencias sociales, adquirían sentido y peso.

Como reflexión inicial, advertí que muchas nociones que creemos modernas —subjetividad, interpretación, sentido, interrelación, razón— HAN ACOMPAÑADO A TODAS LAS SOCIEDADES DESDE SIEMPRE, aunque con distintos nombres y formas. Recordé al Ateneo de la Juventud o a los Contemporáneos en México, defendiendo la filosofía cuando el positivismo dominaba la Escuela Nacional Preparatoria. Ese es un ejemplo local, pero la historia universal está llena de estas tensiones entre visiones del mundo.

Pensar en el movimiento de la razón me llevó a compararlo con el movimiento físico: nada se desplaza sin dirección ni sentido; todo movimiento necesita un medio, sea aire, agua, tierra o vacío. La Física nos enseña que siempre hay fuerzas que resisten, como la fricción, y que el movimiento mismo es energía, energía cinética. ¿NO OCURRE LO MISMO CON LA RAZÓN? Ella también avanza, tropieza con resistencias, se transforma en energía que impulsa pensamiento y conocimiento. No es casual que tantos autores consideren la Filosofía como origen de las ciencias, ni que podamos leer en la Física una metáfora del pensamiento humano.

El texto de León-Portilla, elaborado con investigadores iberoamericanos y apoyado por instituciones de ambos continentes, giraba en torno al “encuentro de dos mundos” y su quinto centenario. Desde el inicio aparecían posturas contrastantes: unos lo interpretaban como descubrimiento y encuentro; otros, como transgresión y exterminio. La pregunta central era cómo vemos al otro: al desconocido, al que no tiene rostro aún. Y de ahí brotaban interrogantes cruciales: ¿QUÉ TANTO DEL PENSAMIENTO DE UN PUEBLO SE ESCONDE EN SUS PALABRAS? ¿QUÉ TANTO ESAS PALABRAS SE TRANSFORMAN EN ACCIÓN?

Para los conquistados, los conquistadores fueron ¿dioses o demonios? Preguntar por el otro es también preguntarnos por nosotros: ¿somos lo que el otro espera?, ¿somos justificación de un discurso frente a él? Los griegos tenían una categoría clara: quien no hablaba su lengua era bárbaro, aunque poseyera saberes tan vastos como los egipcios. El lenguaje, entonces, se revela como frontera y como puente. El texto evoca a Anaximandro, burlándose de sus predecesores por sus errores geográficos, aunque el tiempo terminó por confirmar parte de sus intuiciones. Y la conclusión es inevitable: NINGÚN GENIO PUEDE CONTENER TODA LA RAZÓN, PORQUE EL CONOCIMIENTO JAMÁS CABE EN UNA SOLA PERSONA.

La otredad, sin embargo, nunca ha desaparecido. Está siempre presente, recordándonos que solo en el diálogo con el otro, en la confrontación y el reconocimiento de sus argumentos, podemos construir una visión más amplia. Al final, nuestras verdades —tan firmes como creemos que son— NO SON MÁS QUE FRAGMENTOS DE UN MOSAICO QUE SIEMPRE SERÁ INTERPRETADO, CUESTIONADO O COMPLETADO POR LOS DEMÁS. En ese movimiento compartido, la razón se ensancha y se fortalece.

sábado, 30 de abril de 2022

¿Acostumbra dialogar con su propio corazón?

El vocablo to, significa en náhuatl "lo nuestro". Topializtli, es una palabra cuyo significado es "lo que nos conviene preservar", de una manera más extensa se describiría "para los que tienen nuestra sangre y color, los que saldrán de nosotros, para ellos lo dejamos... para que ellos, cuando nosotros hayamos muerto, también lo guarden". Lo anterior se aprende en la lectura "Toltecáyotl" de uno de nuestros últimos grandes sabios: Don Miguel León Portilla.

Las apasionantes charlas de León Portilla hablando de nuestras raíces prehispánicas inspiran el gusto por desenterrar el interés por nuestra cultura primigenia. 

Fue un estudioso fuera de serie, que llegó mediante la dedicación a convertirse en uno de los más grandes historiadores mexicanos. Su tutor, el sacerdote católico Ángel María Garibay, exigió mucho del pupilo y logró formarlo con una importante excelencia académica "Si va a estar aquí es porque quiere esforzarse, porque a mi no me gustan ni los flojos ni los tontos". Con dicha frase puso en alerta al futuro autor de la obra "Visión de los vencidos".

En Toltecáyotl, León Portilla comienza con adentrarnos en el náhuatl que dominó, para explicarnos que:

  • Tlapializtli es "la acción de preservar algo".
  • Yuhcatiliztli es "la acción que lleva a existir de un modo determinado". Concepto asimilable al de cultura.
  • Tollan es "población grande y floreciente, ciudad y metrópoli".
  • Tloque Nahuaque significa "señor nuestro".
  • Toltecatl a su vez "hombre sabio, refinado y artista".
Desde ahí, el espíritu rebosa de entusiasmo, si bien como raza mestiza estamos lejos de llevar la sangre prehispánica en las venas a estas alturas, nuestra cultura sí que sigue siendo un sincretismo entre los pueblos indígena y español en muchos aspectos. Como lo mencionaba Octavio Paz en referencia a la Ciudad de México, donde convergen aspectos modernos y antiguos, lo mismo pasa con el mexicano, que puede verse inmerso en la tecnología actual, pero todavía escuchar qué dicen las constelaciones respecto del futuro.

Toltecayotl, es una magnífica obra que pasa por muchos y muy interesantes puntos, como ese en el que, tras dar la entrada a la Topializtli como esa educación-cultura-arte aquilatada por nuestras culturas antes de la conquista, nos enfoca después en Tollan, ciudad que la mayoría de las personas reconocemos como Tula en Hidalgo, pero que hay algunos estudiosos más que la ubican en la mismísima Teotihuacán.

Sea como fuere, el conocimiento era muy apreciado, tenía nombre y buscaba preservarse, desde ahí hay motivos de orgullo, no en un afán nacionalista absurdo, sino en un sentido más amplio y universal, donde es causa legítima de gusto el reconocer que el ser humano desde sus muy distintos orígenes ha buscado siempre la evolución del pensamiento. El libro nos deparará múltiples aprendizajes al respecto.

León Portilla, aconsejado por su maestro Garibay, hace gala de múltiples fuentes para contarnos la historia, e incorpora la leyenda de Quetzalcóatl, usando como referencia a los informantes del misionero franciscano Bernardino de Sahagún, quien merece escrito a parte, cita:

Porque se va

pero habrá de volver,

volverá a aparecer,

vendrá a visitarnos,

cuando esté por terminar su camino la tierra,

cuando sea ya el fin de la tierra,

cuando esté por acabarse,

él saldrá para ponerle fin.

En fragmentos como estos se basa el confuso argumento de que Moctezuma en algún momento, en superstición máxima, generó dudas en torno a la procedencia divina de Hernán Cortés, por haber arribado en el año 1 caña (Ce-Ácatl). 

Ante un evento tan contundente como la conquista de México, comparte el cómo los habitantes presentes en el tiempo y el lugar, reportaban con melancolía:

Se llevaron la tinta negra y roja,

los códices y las pinturas,

se llevaron la toltecáyotl,

todo se lo llevaron,

los libros de cantos y las flautas.

Pero antes de llegar a ese punto definitivo en la historia, "El pueblo de Quetzalcóatl", los sabedores de toda la cultura acumulada fueron precisamente los llamados "toltecas", de los cuales se dice "iban siempre muy por delante".

Se explica en el libro ampliamente:

En verdad muchos de los toltecas

eran pintores, escribanos de códices, escultores,

trabajaban la madera y la piedra,

construían casas y palacios,

eran artistas de la pluma, alfareros.

 

En verdad eran sabios los toltecas,

sus obras todas eran buenas, todas rectas,

todas bien planeadas, todas maravillosas...  

 

Los toltecas eran muy ricos,

eran felices,

nunca tienen pobreza ni riqueza.

 

Los toltecas eran experimentados,

acostumbraban dialogar con su propio corazón.

 

Conocían experimentalmente las estrellas,

les dieron sus nombres.

 

Conocían sus influjos,

sabían bien cómo marcha el cielo.

cómo da vueltas.

(p. 29)

La frase resaltada, da la bienvenida a la sala tolteca en el Museo Nacional de Historia en la Ciudad de México, petrificada como un mensaje que viaja a través del tiempo y se constituye como un legado para las generaciones presentes y futuras.

Las referencias al pueblo Tolteca continúan en el texto, con situaciones emocionantes, que pueden despertar el interés lo mismo de buscadores de tesoros que de antropólogos e historiadores:

Porque en verdad allí en Tollan

joyas toltecas, pulseras,

jades y turquesas preciosas,

se encuentran allí enterradas.

Porque los toltecas en verdad se dispersaron 

y anduvieron por muchos sitios.

Pero no son las joyas constituidas por piedras preciosas las que deben llamarnos la atención, y es posible que nos pase lo que a Cortés en la búsqueda de tesoros físicos, recordemos que la topializ, era la suma de valores en todos los órdenes, no solo los económicos.

Se dice que la Tollan, tras la partida de Quetzalcóatl, fue abandonada. Esta descripción coincidiría con múltiples zonas arqueológicas, a las que los estudiosos del tema les atribuyen este estado, desde Cuicuilco hasta muchas otras más lejanas en el mundo maya.

De cualquier manera lo que es un hecho es que tras un periodo "los toltecas que escribían en sus libros de pinturas, vieron el libro llegar a su fin".

La cultura que adquirió la Toltecáyotl y siguió adelante, fueron los mexicas, un pueblo mestizo, que respondía en su origen tanto a Quetzalcóatl como a Huitzilopochtli, estos últimos conocidos como chichimecas.

Pero la memoria, apenas comenzaba sus mitos, para los mexicas, un Toltécatl era un artista, un Ten-toltécatl, un artista del labio o de la palabra y un Ma-toltécatl, un artista con las manos. Los ubicaban también como "los que buscaban hacer suyo aquello que tenía como recto y bueno y que a la vez era menester acrecentar" ¡Qué visión tan clara de la educación y la cultura! No disminuir, sino el deber era a-cre-cen-tar.

A través de los antiguos libros o huehuetlatolli lo procuraron, hasta el día de la soledad infinita cuando enfrentaron su destino en la conquista de México-Tenochtitlán, tras la cualse dice que los sabios mexicas en diálogo con los doce primeros franciscanos llegados en 1524, expresaron:

Dejadnos pues ya morir,

dejadnos ya perecer,

puesto que ya nuestros dioses han muerto.

Información obtenida de autores anónimos de Tlatelolco, los cuales redactaron probablemente en 1528 los Anales de la Nación Mexicana.

Hasta esta parte de la obra, llega a nosotros la reflexión ¿No podemos afirmar que también nosotros estamos en posesión de una Toltecáyotl? Una que abarca distintos legados, entre ellos el de nuestras culturas prehispánicas. Se evidencia el peligro de perder lo que nuestro antepasados llamaban en términos educativos "rostro y corazón", es decir el patrimonio cultural, nuestra identidad que como topializ "es posesión nuestra y vale la pena preservar".

El libro genera ésta y otras invitaciones, al avance de sus páginas nos forma, nos entera que los jesuitas como Francisco Xavier Clavijero, en 1780 hicieron importantes aportes, como el libro Historia Antigua de México o la copiosa información reunida por Alejandro de Humboldt, de quien espero más adelante poder hacer un escrito.

En un valiente reproche por parte de quien los estudios y la pasión legítima de la herencia le da para hacerlo, León Portilla se queja de que a los filósofos no les interesó la significación cultural e histórica del nuevo mundo. Ejemplifica con Hegel quien conoció a Humboldt, mas no compartió sus pasiones, y fue más allá, el alemán expresó:

América es la tierra del futuro...

nos fijamos en el Viejo Mundo,

es decir en el escenario verdadero

de la historia universal.

En ocasiones hasta a las más destacadas mentes se les van declaraciones distraídas, pues en una referencia rápida, Don Miguel nos habla del Hombre de Tepexpan, un esqueleto de la era precolombina, encontrado en el antiguo lago de Texcoco junto con mamuts, al que datan de hace más de 10,000 años.

(Fin de la primera parte, continuará...)


FUENTE:

León-Portilla, Miguel. (1995). Toltcáyotl, aspectos de la cultura náhuatl. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.

 

SE RECOMIENDA VER:

https://www.youtube.com/watch?v=e5abSH1Uidk