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miércoles, 4 de mayo de 2022

Construyendo un mito


Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga

Una cosa es enfrentar a seres humanos y otra muy distinta combatir contra un mito.

No es lo mismo proceder de noble cuna, que del linaje de guerreros ancestrales y semidioses.

El emperador romano César Augusto, lo sabía. Heredero a la muerte de Julio César, en un episodio verdaderamente dramático que luego hemos de contar, fue llamado en sus orígenes Cayo Octavio, y se constituyó como el primer emperador romano. Bien ubicado por la población cristiana, gobernó del 27 a. de C. hasta el 14 d. de C. Tiberio le sucedió en el cargo.

César Augusto tiene una historia propia, pues logró desarrollo y la famosa pax romana, tanto que a su muerte fue divinizado, el mes de Agosto aún conserva el nombre en su honor. 

Dentro de sus hazañas, muchos biógrafos apuntan el haber derrotado estratégicamente al voluntarioso Marco Antonio.

Hombre de visión, quiso que el pueblo romano tuviera un origen mítico, como el atribuido a los griegos, el encargado de esta trascendental tarea fue el maestro Virgilio. Mencionar su nombre es hablar en palabras mayores, no solo es el símbolo de la razón en la principal obra italiana de Dante Alligheri, La Divina Comedia, recordando que el adjetivo de "Divina" lo puso Bocaccio, sino que fue un personaje mentor en el texto que trece siglos después cambió la mirada de teocéntrica a antropocéntrica. 

La gran mayoría de poetas destacados genera relevantes opiniones en torno a un consagrado de la palabra como lo fue Virgilio. Hemos de dedicar un espacio en otra ocasión solo para hablar de sus hermosos poemas.

Vayamos entonces a la creación de la obra encargada. Como inicio hemos de comentar que así como Troya era realmente nombrada Ilyón, por lo que las aventuras ahí desarrolladas se denominaron "La Ilíada", o como las andanzas de Odiseo en su partida de Ítaca se denominaron "La Odisea", el héroe de este relato se llamaba Eneas y de aquí tomó su nombre la epopeya: "La Eneida".

Eneas logra ser un escaso sobreviviente a las penas acontecidas en Troya que todos conocemos, pero con ello la sangre de esos grandes héroes está a salvo, será él quien continúe una nueva generación de guerreros, que a la postre serán por supuesto los romanos. Aquí comienza el gran argumento de la obra.

Recordemos ahora que una vez, en un aula, el que se convertiría en un gran pensador, erudito, filósofo y padre de la Iglesia católica, Agustín de Hipona, declaraba con mucho fervor un fragmento de la Eneida acontecido en la región de su desarrollo, Cártago. Fue ahí donde Eneas arribó tras vencer todas las tretas que Juno, esposa de Júpiter, aún tenía para los descendientes troyanos en el mar, lo que equilibró la balanza fue el celo de Neptuno por su espacio marítimo, donde no le gustaban las interferencias de otros dioses, por más influyentes que fueran. 

Una vez en tierra, por intervención de venus y cupido, la fundadora de Cártago, la reina Dido, cae irremediablemente enamorada del héroe, al escuchar sus andanzas.

Dentro de los relatos contados por Eneas, uno llama poderosamente la atención, el de las precauciones de Laocoonte, que tras el regalo del caballo en Troya, desconfiaba completamente del mismo. Al no hacer caso a su consejo, se pierde la oportunidad de salvar de un destino crítico a la ciudad; el previsor es muerto por dos serpientes enviadas por los dioses para callarlo, al tratar de salvar de las mismas a sus hijos.

Pues bien, con esta serie de relatos, el corazón de la reina abriga la esperanza de que el futuro se pudiera construir a partir de la unión con el noble guerrero, sin embargo Eneas tiene un destino que cumplir indicado por el mismísimo líder de los dioses y éste es Italia: fundar Roma. 
 
Al preparar el héroe todo en secreto para continuar su camino, abandonando a la reina en su territorio. Dido a su vez, con engaños pide a su hermana que aliste un pira. Cuando los barcos de Eneas parten, puede verse a lo lejos la hoguera, es Dido inmolándose tras clavarse en el pecho la espada que le regalara el otrora amante, siendo éste el momento más dramático de la obra. Éste es en particular el fragmento que Agustín de Hipona recitaba con emoción.

Pero no todo es dulzura, antes de su muerte la reina Dido pide venganza:

Luego vosotros, tirios, perseguid con odio a su estirpe
y a la raza que venga, y dedicad este presente
a mis cenizas. No haya ni amor ni pactos entre los pueblos.
Y que surja algún vengador de mis huesos
que persiga a hierro y fuego a los colonos dardanios
ahora o más tarde, cuando se presenten las fuerzas.
Costas enfrentadas a sus costas, olas contra sus aguas
imploro, armas contra sus armas: peleen ellos mismos y sus nietos.

El linaje de los futuros romanos está en juego, tras su partida Eneas todavía debe pasar por múltiples aventuras dando cuenta de su heroísmo que será la base del que presuman las legiones venideras. Dentro de las múltiples pruebas que enfrenta, puede inclusive ver que Dido ahora se encuentra en el reino de los muertos donde sigue ofendida, al grado de no dirigirle la palabra.

Por supuesto que en la obra Virgilio menciona la descendencia que vendrá, alabando a Octavio y mencionando a Marcelo, quien como hijo de la hermana del emperador, tenía la posibilidad de convertirse en el sucesor. El infortunio hace que esto no ocurra y es famosa una pintura de Jean-Auguste-Dominique Ingres donde Virgilio da lectura al punto en la obra, ante el llanto de su madre Livia, Octavia y el propio Augusto.

La batalla final de Eneas, se encuentra con su némesis, Turno, que a lo largo de múltiples libros o capítulos, inventa una serie de ardides que buscan acabar con el héroe, al final, en la batalla frente a frente, termina indefenso, por lo cual se considera el perdonarlo, pero las armas que porta el enemigo le recuerdan lo vil de su existencia. Finalmente lo mata.

Lectura obligada, epopeya que pone a volar imaginación y obra que en algunos momentos enternece hasta la sensibilidad más absoluta.

Son estas obras, con múltiples aconteceres, retos a vencer, dramas y conquistas, las que más se acercan a la vida, las que cautivan nuestra atención. 

La lección de cómo contar la vida, como epopeya, para convertirla en mito, pudiendo ser el personal, el de grupo, el familiar, el de empresa o institución es también algo muy valioso.
 
FUENTE:
 
Virgilio. (1984). La Eneida. Londres, 49- Madrid, 28: S.A. de Promociones y Ediciones. Club Internacional del Libro.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

La verdad debe de argumentarse no de imponerse


Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga

Los depositarios de la herencia de Platón “el primer polemista del mundo” y Virgilio “el guía” debemos tener conciencia de nuestra vocación; la flama que protege la civilización se anuncia por sí sola, se disfruta en los sentidos como música que envuelve; sin embargo, es la pasión y la disciplina por la conciencia de las cosas la amalgama acrisolada que permite transitar de la Antigüedad a la fugacidad del presente.

Desde los muros aún vibrantes de San Ildefonso, Antonio Caso explica que la Filosofía no es “magia blanca ni negra”. En esta primera inteligencia docente del nivel Medio Superior por cierto, se observa no solo la búsqueda del hombre, sino y ante todo, la de una verdad que lo trasciende a través de la educación; la misma que sigue siendo una constante, de todos los días, no por nada se entroniza la frase “La verdad os hará libres”, de San Juan, en muchos de los ideales universitarios alrededor del orbe.

Juan Hernández Luna, en el prólogo de las Polémicas del referido Maestro Caso, nos expone el siguiente fragmento fundamental en el leitmotiv del encuentro académico con la Filosofía: “No hay verdad escribió el Maestro Caso que se pueda imponer por la fuerza; porque la fuerza no convence jamás, sino que atemoriza o subyuga. La verdad se demuestra, no se impone… El dogmatismo en el pensamiento es el fanatismo en el sentimiento y la tiranía en la acción… Las verdades racionales, que forman la esencia de la razón, son impersonales. Ante ellas ha de humillarse toda contingencia humana, demasiado humana, toda religión histórica”.

No muy lejos, en los anales encontramos un sincretismo con esta idea en el episodio que encabeza el Rector de la Universidad de Salamanca en España en 1936, Miguel de Unamuno, en el umbral de la guerra civil española; su ciudad empieza a resentir los efectos de un golpe de Estado, comienzan con ella las primeras vejaciones, trabajos forzados, desapariciones y “paseos”. Unamuno estuvo de acuerdo en el espíritu de sublevación inicial pero la aprehensión y fusilamiento de contemporáneos catedráticos le hizo conocer el encono de los hombres partícipes de dicho movimiento.

Para la apertura del curso universitario de aquel año, se dio paso a una celebración solemne, académica, donde el Rector estuvo presente, acompañado sin embargo por personajes impulsores de la guerra, la muerte y la violencia. Unamuno comentó: “Nací arrullado por una guerra civil y sé lo que digo. Vencer es convencer, y hay que convencer sobre todo. Pero no puede convencer el odio que no deja lugar a la compasión, ese odio a la inteligencia, que es crítica y diferenciadora, inquisitiva (mas no de Inquisición)…”

Al incomodar con sus palabras, fue tajantemente interrumpido por un militar de nombre Millán-Astray, quien con su único brazo, golpeó la mesa y vociferó: ¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte! Seguido de porras y apoyo de quienes a éste seguían.

El Rector Miguel de Unamuno, sereno, dijo: “Acabo de oír el grito de ¡viva la muerte! Esto suena lo mismo que ¡muera la vida! […] El general Millán Astray es un inválido de guerra. No es preciso decirlo en un tono más bajo. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no se tocan ni nos sirven de norma. Por desgracia hoy tenemos demasiados inválidos en España y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología a las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor […]

“Este es el templo del intelecto. Vosotros estáis profanando su recinto sagrado. Diga lo que diga el proverbio, yo siempre he sido profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho”.

Tras lo anterior, el Rector tuvo que abandonar el recinto abucheado por la masa beligerante. Posteriormente, Unamuno fue retirado del cargo por el franquismo.

Gloriosos episodios que hacen concordar a dos prohombres, uno de la península de donde proviene parte de nuestro germen y otro nativo del “cuerno de la abundancia”; la importancia de la búsqueda de la verdad, la libertad y la paz conjugada en las mentes académicas, debe significar en nuestros días atemperamiento de pasiones, búsqueda de razón y escapatoria de dogmas.


 

Referencias

Núñez Florencio, Rafael (2014). «Encontronazo en Salamanca: “Venceréis pero no convenceréis”». La Aventura de la Historia, no. 184: 35-39. ISSN 1579-427X.

Antonio Caso. (1971). Obras Completas I. Polémicas. México D.F.: UNAM.