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miércoles, 15 de diciembre de 2021

Entre más altas las ramas, más profundas deben ser las raíces

Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga.

No tuve oportunidad de dialogar con Jaime Torres Bodet, de manera física. No fuimos de los afortunados. Cuando se marchó al encuentro de su destino, en el año 1974, faltaban ocho para que yo siquiera fuese proyecto de vida.

La primera vez que escuché una cita de él fue en voz de un gran legislador. De la misma fuente surgían Octavio Paz: “El mundo cambia si dos se miran y se reconocen”; Lao-Tse: “la gratitud es la memoria del corazón”; Jesús Reyes Heroles: “Hay dos clases de funcionarios: los que explican y los que resuelven”; o Eleanor Roosevelt: “El futuro es para quienes creen en la belleza de sus sueños”.

De la misma manera fui a su encuentro mediante esos grandes hallazgos que te permite la Ciudad de México −sobre todo si eres de provincia−, pasadizos a mundos sobrenaturales que creías inexistentes: las librerías de antiguo. Cientos y cientos de libros sobre la calle Donceles (que hace homenaje a los jóvenes varones nobles que se preparan para la vida). Es un placer cuando te das cuenta que no es solo un sitio, sino que es aplicable la teoría de los multiversos literarios.

Inmarcesibles, los libros con años y con historia parecen abarcarlo todo, de pronto pareciera que no hay más opción que perderse por pasillos y anaqueles, hasta encontrar algún tesoro. Pero una nueva posibilidad se abre, la calle 5 de Mayo, donde múltiples personas ofrecen una cantidad amplísima de títulos. Desafortunadamente, hay mucho que recorrer antes de encontrar un buen precio.

Así, tras las primeras inmersiones, llegas a ese punto de origen, a las tradicionales librerías. Sin saberlo y flanqueada por los antiguos vestigios de nuestra gran cultura prehispánica, el Templo Mayor, y del símbolo arquitectónico colonial más importante de la religión católica, la Catedral Metropolitana, se encuentra la Librería Porrúa. Una investigación posterior en Internet arrojará rápidamente un hallazgo que alegra el instante: estás en la sucursal que es matriz de todas las existentes en el país.

Estás pues en la capital de nuestro México. Donde creí solo encontrar ediciones novedosas, sin ese aspecto que recuerda a un tesoro, aparecieron joyas.

La pregunta fue ¿tienes algo de Torres Bodet? −Permíteme, creo que recuerdo algo en bodega−, me contestaron. El que la expresión de quien me atendía fuera de extrañeza me hizo sentir afortunado, pero a su vez me generó una profunda reflexión: ¿Cuántos de los educadores de nuestro tiempo buscan conocer el pensamiento de uno de los hombres más ilustres que ha pisado la Secretaría de Educación? Uno de esos funcionarios que cuando llegaban a su gestión, eran vistos hacia arriba por los presidentes de la República.

De pronto, quien atendía regresó con prominentes libros, pastas duras rojas con letras doradas y un excelente precio. Prácticamente descontinuados, los libros no aparecían en el sistema. ¡Eran los últimos! El libro de Discursos de Don Jaime Torres Bodet, también sus Memorias, estas últimas en dos grandes tomos con las características mencionadas. Me los traje, por supuesto.

Agustín de Hipona mencionaba “sabiduría antes que elocuencia”, y pedía también profundizar en lo que se lee, verificar qué es lo que busca expresarnos el autor. Gabriel Zaid, por su parte, nos invita a no solo pasar los ojos por los textos, sino hacer nuestra la lectura para incorporar inmediatamente la acción. Octavio Paz hablaba de esos grandes autores que respondían preguntas en sus textos, que nosotros ni siquiera habíamos terminado de plantear de forma correcta en nuestras mentes. Todo esto es posible cumplir con lo escrito por Jaime Torres Bodet.

Sucede también que, en aquellos grandes libros, en cada ocasión que los leemos nos arrojan información o reflexiones diferentes. Piaget o Erikson podrían plantearnos la evolución del ser humano y su grado de comprensión en las diferentes etapas, pero en una forma más poética José Emilio Pacheco nos diría “no leemos a otros, nos leemos en ellos”.

Así, en Torres Bodet, encontramos la iluminación del poeta, la necesidad del funcionario y la cultura del hombre.

Pero existen otros elementos fundamentales. Encontramos una visión amplia que parece abarcarlo todo, también empatía, la de quien conoce, ha recorrido y quiere estar del lado del otro. Encontramos el nacionalismo necesario de los funcionarios revolucionarios institucionales de aquel tiempo −¿había otra opción? −, que se asumían a sí mismos progresistas.

Y encontramos el rostro de un hombre que ha enfrentado la guerra, que ve hacia el futuro pensando en superarla, que piensa en la hermandad como el mejor camino de esperanza. Vemos al incansable luchador de todos los tiempos, inconforme, que critica, que plantea senderos que para él son claros y que, como lo dice con sus propias palabras en la introducción “busca no ofender a nadie”. Con un análisis de sus discursos, la elegancia le alcanzaba para señalarlo todo, pero para no entrar en conflicto deliberado con nadie.

¿A quién le hablaba Don Jaime Torres Bodet? ¿Qué les decía? Me pregunto en cada lectura. Les hablaba a todos, les compartía el futuro, les impulsaba y también les amonestaba en torno a caminos menos valiosos desde su punto de vista. Lo dice y lo practica: en sus discursos busca primero convencerse y después argumentar a los demás.

Difícil y prodigioso, lo que un hombre logra con voluntad y disciplina, pues eran estas junto con el valor hansenista del cumplimiento del deber, lo que le lleva a expresar que “el talento era trabajo”, por eso podía vérsele salir de la Secretaría de Educación Pública un 31 de diciembre hasta muy tarde, y presentarse al día siguiente en un 1 de enero, de nuevo y temprano.

Dicen los persas que la paciencia es un árbol de raíces amargas, pero sus frutos son muy dulces. La inteligencia de Torres Bodet −extremadamente precoz, ya destacada por el dominio del francés heredado por su madre−, le daba una capacidad formidable para lucir empático y motivador con los alumnos; con liderazgo por conocimiento y reconciliador con los docentes; culto, amplio y crítico con los artistas; preparado, de raíces mexicanas y alcanzable por el pueblo; un enorme funcionario en la administración pública, así como una grata revelación en los planos internacionales.

Si había que inaugurar un monumento llamaba por testigo a la tierra, para no olvidar a la Patria como madre de los mexicanos; si de conmemorar una gesta de la lucha por Independencia, reflexionaba, nos devolvía la mirada y nos preguntaba retando: ¿Qué hemos hecho con la libertad que nos fue concebida? Y se comunicaba a través del tiempo con los héroes para garantizarles que desde el presente los hijos de esa libertad harían lo necesario por ser dignos portadores de las garantías alcanzadas. A los jóvenes, (tal como lo hacía Vasconcelos), los guiaba con citas del Ariel, de José Rodó, pero les insuflaba valores, les pedía contar con una trayectoria y dejar la vanidad a un lado, para dar paso al trabajo. A los artistas les valoraba, pero les pedía ir en búsqueda del Pueblo, para que la cultura no fuese un satélite, sino parte de la esencia, de las raíces de los ciudadanos. Que la cultura fuese del pueblo a los artistas, evitando convertirse en una élite con ideas solo del extranjero. Aguijoneaba: ¿Cuándo nuestra técnica ayuda al agricultor a salvar una cosecha? La invitación a ir al encuentro.

No era la única, ya antes Justo Sierra, en la fundación de la que sería la Universidad Nacional, avisaba el peligro de distanciarse de la gente, al “elevarse al momento de estar estudiando las estrellas”. La pedantería del profesionista, que en algún momento puede considerar que sus estudios y no sus soluciones −como debería de ser−, le dan derechos sobre los otros.

Prosa exacta, descriptiva y vasta, con palabras de búsqueda obligada en el diccionario, que la mente disfruta leyendo, pues es este nuestro idioma, el que hemos aprendido de nuestros padres y donde podemos encontrar una mayor capacidad para comprender ideas. Hago esta reflexión en el sentido de otros gratos idiomas con los que tenemos posibilidad de contacto, pero donde nuestro vocabulario llega muchas veces a lo básico.

Impulsor, motivador, con armonía en las palabras y con mucha literatura, Torres Bodet llegaba a lo más profundo de las conciencias. No es difícil verlo citar a los más conocidos poetas: “Entre más atreve su ramaje a la inmensidad magnífica de la luz, más debe hundir su raíz en la noche pródiga de la tierra”, pero también ir a cualquier parte del mundo, para traer por ejemplo una cita de los upanishads: “La voz del hombre regresa al fuego, su aliento al aire, su vista al sol, su cuerpo al polvo y su sangre al agua ¿dónde entonces se encuentra el hombre?”. La cultura hindú cautivó por cierto a muchos intelectuales mexicanos, entre ellos José Vasconcelos, Octavio Paz, José Juan Tablada.

Sobre estos vientos de oriente sería interesante hablar más adelante de José Juan Tablada y sus caligramas y el japonismo; de los estudios indostánicos de Vasconcelos; así como de los haikus y la historia de amor de Octavio Paz debajo del árbol de neem. Como siempre, la lectura es una casa de múltiples ventanas y excelencia en sus pasillos.

Estas maravillosas charlas, a la distancia, nos las dejó Don Jaime Torres Bodet, a través de sus libros, que forma parte de la gran herencia pública que su trascendencia nos ha otorgado.

Nuestra mejor herencia.

La verdad se va definiendo, hay que buscarla

 

Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga

Seguramente ese sería el nombre mínimo que los desentendidos ocuparíamos para referirnos al insigne campechano. Agregaríamos “¡Maestro!”, quienes cobijáramos nuestra inteligencia con los saberes más mínimos, y agregaríamos “de América”, para nombrar la grandeza de un hombre que atravesaba con mente lúcida las páginas de la historia.

El legado de su padre fue de revuelta y sapiencia, la península donde termina nuestra patria, en algún momento, pudo ser cubierta por la bandera de las barras y las estrellas. Fue prodigiosa labor de Don Justo Sierra lavar la descendencia en las aguas del nacionalismo.

Entregado a una pasión positivista, única sostenible en el país tras la Guerra de Reforma −con la cual Benito Juárez escondía religión y ministros en la sacristía−, un firme busto en una de las esquinas de la exquisita arquitectura de San Ildefonso, nos habla del fervor y empeño con que abrazó el Maestro la causa que enarbolaba Augusto Comte en Francia y Gabino Barreda en México.

Sí, con la presencia de Porfirio Díaz creó el alma educativa de un país. A su partida, siguió empujando un ideal que trascendía por mucho a las personas, pues era el alma misma de la nación quien le dictaba los siguientes pasos. No hay hombre trascendente de nuestro México, que no haya robustecido el carácter durante el camino, no hay quien disfrute el viento fresco, pero, ante las primeras gotas de tormenta, no acelere el paso para llegar al objetivo.

Así, el otrora positivista se dedicó a hacer retumbar los recintos académicos para expresar:

La ciencia, vasto mar que todo arrasa, es como el mar, que no tiene una gota, para calmar la sed que nos abrasa.

Con estas contundentes afirmaciones, hubo de transformarse en el ave nocturna que augura, con su canto, un nuevo amanecer: el de una juventud vigorosa y fuertemente nutrida por un nuevo pensamiento, el de la experiencia internacional, con la jugosa miel derramada del conocimiento. El tiempo del Ateneo de la Juventud tocaba a la puerta del porvenir, y Justo Sierra, con su afinidad de roble, se hablaba en cortito con cualquier pasadizo. Era pues, un hombre apreciado por el tiempo, experimentado en el propio, pero con la mirada en el futuro.

Si algún discurso de Don Justo Sierra nos mueve más a emoción, es sin lugar a dudas el cultísimo y solemnísimo conjunto de palabras engalanadas que aconteciera en la ceremonia inaugural de la Universidad Nacional de México. Fue el concierto de las naciones a cuyo arrullo brotó la más profunda virtud del hombre, la búsqueda de la verdad. Con estas palabras separaba el “Maestro de la Juventud” (como muchas otras semillas, con ese germen fueron llamados, entre ellos, José Vasconcelos en México o Enrique Rodó en Uruguay), los esfuerzos anteriores con la novel iniciativa que muchos se dieron a la tarea de llamar “La Universidad de Justo Sierra”:

Los fundadores de la Universidad de antaño decían: la verdad está definida, enseñadla; nosotros decimos a los universitarios de hoy: la verdad se va definiendo, buscadla.

Estas palabras, que después retomaría uno de sus discípulos, Don Antonio Caso, inflamaba el pecho de los modernos, irritaba el de los positivistas y sepultaba en honda amargura a los escolásticos. Pocas veces se vio tan afilada, inteligente y elegante consigna contra los jesuitas, portadores de un laberinto del pensamiento que, en palabras de Justo Sierra, nunca permitió crear nada nuevo.

El discurso completo es un llamado a la aristocracia mediante el conocimiento, pero no con el malentendido poder que te aleja de la sociedad, sino en el que te potencia para servir más y mejor. Es una invitación a rodearse de los mejores, pero también a poner en práctica lo más profundo del conocimiento universal, para eso pone a disposición los tesoros inalienables del conocimiento:

…porque deseamos que los que resulten mejor preparados por nuestro régimen de educación nacional, puedan escuchar las voces mejor prestigiadas en el mundo sabio, las que vienen de más alto, las que van más lejos; no sólo las que producen efímeras emociones, sino las que inician, las que alientan, las que revelan, las que crean. Esas se oirán un día en nuestra escuela; ellas difundirán el amor a la ciencia, amor divino, por lo sereno y puro, que funda idealidades como el amor terrestre funda humanidades…

Un completo humanista, un patriota de aquellos tiempos que hace reverberar la palabra “humano” en el poderío que la cultura clásica, ostenta en los principios más originales del hombre, lo demuestra a cada palmo, le tiende la mano a la olvidada Filosofía, la conduce por los pasillos de las escuelas donde vaga como posesión desentendida. Esta a su vez le entrega escudo y lanza, para que, iluminado por la fuerza de la sabiduría, la diosa Nike, le haga cerrar con su energía: “Que sea la Universidad, situada dentro de las proezas de la Atenea Promacos”, aquella que fue vista siempre como defensora de los suyos, la misma que siempre se ostenta en la primera línea de batalla.

Este es el concepto educativo de Don Justo Sierra.