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lunes, 20 de junio de 2022

La idílica Madrid

 Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga.

Alguna vez dijo Vasconcelos que terminar un viaje, era como acabar un libro, una mezcla de gusto por los aprendizajes y de nostalgia por la partida.

Todas las naciones que uno pueda visitar seguramente dejarán en la mente sus sitios particulares, atractivos históricos o espacios turísticos. Al mismo tiempo, es real que son las vivencias personales las que los harán inolvidables: las alegrías, los descansos, los horarios, las puestas de sol, el recorrer enamorado o apasionado, los retos vividos, el nuevo conocimiento y la utilidad de cada punto visitado pueden convertirse en aspectos que permitan recordar con intensidad una visita.


En el caso de Madrid, queda su belleza, con sus múltiples atractivos como la puerta de Alcalá o la del sol, pero también por sus excelsas plazas como la España, o fuentes como la de Cibeles, pero son también memorables parques como el de El retiro. En la cotidianidad, se puede recordar que abundan los bares, pero que a diferencia de Barcelona, acá sí dan aperitivos sin costo.

Dentro de los aspectos que llaman la atención relacionados con la distancia y la posición geográfica, están por supuesto las 7 horas de diferencia con México, lo que hace que la hora adecuada para empezar a escribir de Europa para América, sean las 3 de la tarde encontrando que son las 8 de la mañana en México. De la misma manera, su importante cantidad de luz natural que va desde la salida del sol a las 6:30 horas, concluyendo con la puesta a las 22, de lo que acá llamaríamos la noche.
 

Hablar de Madrid será también hacerlo de su bien señalizado metro, así como de su moderno sistema de transporte. Un viaje de 1.5 euros constituye una de las experiencias más económicas de la región. La forma de comprar juntos 10 viajes para ganar 2.5 euros o de subirse en la ruta 200 bajando del avión en lugar de las opciones para turistas serán también memorables.

Madrid deja el recuerdo de la plaza de toros de La Venta, de la generosidad de sus tiendas de libros de segunda mano, de sus tapas y las sabrosas frutas llamadas paraguayas. De sus bares siempre llenos de gente, del mercado de San Miguel y sus excelsas plazas, como la denominada "mayor", por ejemplo.



En la gran vía ¡Tanto por ver en un espacio cosmopolita! Para sorprenderse y dejarse cautivar también por sus hermosos edificios de colores claros así como luminosos. Tiendas como prismark son visita obligada, para encontrar precios si no regalados, al menos competitivos y con un buen diseño.

Pasé frente al oso y el madroño, símbolo de la ciudad, así como a un lado de Carlos III varias veces. En la línea 1 del metro fueron mis recorridos habituales, ésta va de Valdecarros a Pinar de Chamartines, aprendí de memoria el mensaje de Borges en la Buenos Aires y siempre estaba atento en la Estación del Arte, mi despedida del país fue en Atocha.

En materia social, vi gente pedir dinero en las calles lo mismo en Madrid que en Roma, en la primera hubo incluso un incidente que sabrá Dios si sería cierto, lo que hizo que conociera la estación Portazgo, donde se encuentra el estadio del Rayo Vallecano. Se rumoraba que una señora que minutos antes había pedido ayuda económica en un vagón había saltado a las vías del metro.

También escuché, aunque pocas veces, música en el metro, quizá serían mexicanos los que interpretaron "Amor eterno y malagueña" con una excelente actitud así como una sonrisa en sus rostros.

Madrid me dejó en cada estación y en cada monumento, de los que hay por todas partes, el entendimiento de una cultura con muchas figuras. Sumando todos los científicos, investigadores, literatos y premios Nobel de España a nuestra cuenta como hispanos, la hegemonía americana ya no es tan abrumadora. Dentro de los monumentos de los que sí guardo foto, está por ejemplo el de Ramón y Cajal, así como la de varios literatos.

Tuve pláticas memorables llenas de calidez humana, bailes, fiesta, comida y muchas caminatas, de forma tal que el jugo fue lo único que pudo  mantenerme en mi sobrepeso ideal en la idílica Madrid.

lunes, 6 de junio de 2022

Plática de churros con chocolate en Madrid

Me siento cómodo con los latinoamericanos, no es la primera vez que nos encontramos y colaboramos. La primera vez fue con los salvadoreños que me sirvieron de cómplices para que pudiera pedirle matrimonio a mi esposa, en la parte más alta de la pirámide de la luna, en Teotihuacán.

En esta ocasión, pude compartir churros con chocolate con colombianos, mientras platicábamos de las cosas más relevantes de la vida. Cristianos por creencia, buscaban establecerse digamos en el tercer país donde habían habitado después de la natal Colombia y los Estados Unidos.

"Estamos a punto de conseguir nuestro permiso de trabajo y sabemos que Dios tiene grandes cosas preparadas para nosotros" expresaron. Confieso que el escuchar hablar con pasión a las personas siempre ha sido una de mis debilidades, pues creo en ellas, confío en lo que me dicen y me gusta escucharlas. Considero que puedo obviar el hecho de que aplico el filtro de que sean cosas positivas. 

Pues bien, no me pregunto cuáles son las razones por las que alguien deja su patria para asentarse en otra. Vivo en México donde hay razones de todo tipo, pero lo que sí me impresiona es la fortaleza de aquellos que con valentía van a una tierra a aventurarse, esforzarse y muchas veces a empezar con mucho menos de lo que tenían seguro en el lugar que los vio nacer. Literariamente la primera vez que me sorprendí leyendo sobre estas vidas fue probablemente en el Robinson Crusoe de Defoe o en el Wilhelm Meister de Goethe.

Desde entonces, me causan esta grata impresión las voluntades férreas, casos cercanos, como los migrantes que van a los Estados Unidos, un conocido que me guiara en un viaje y que buscaba poco a poco su residencia en Canadá teniendo para ello que revalidar sus estudios profesionales. De la misma manera, dominicanos y colombianos, dispuestos a establecerse en Madrid. ¡Nosotros podemos! decían, pero sin orgullo, sino más bien con sencillez ¡Dios tiene algo preparado para nosotros! Confiaban estos últimos.

Como siempre me gusta mencionar, la historia no tiene matices rosados solamente, pues cuesta trabajo y como todas las labores donde se tocan puertas, de diez, una es la que se abre, pero lo importante es, que continúan, que se encuentran en ruta así como que con el tiempo empiezan a cosechar resultados. 

Viajando también se aprende, y tras leer se debe actuar, diría Gabriel Zaid, por lo que este conjunto de experiencias, van recogiendo ideas en la mente, inquietan el alma y dan lo mismo que una buena lectura: opciones.

Velázquez, una experiencia mística


Si habláramos de la sociedad medieval, sería parte del vulgo. No cuento con una formación particularmente destacada en artes, es más ni siquiera creo poseer un lenguaje básico o conocimientos relevantes en el tema.

Pero hay artistas a los que por menos que uno conozca, su fama les antecede. Que cuando se ve una estación de metro adornada con su obra o una escultura guardándoles para la posteridad sabemos que seguramente su vida tiene  un sentido que va más allá de lo común, que alcanza pues lo extraordinario.

Una señora así como una amable joven española, hay que recalcarlo porque no toda la atención en la península ibérica fue así, me permitieron un par de entradas al Museo del Prado sin costo por dedicarme a la educación.

No fue a partir de las 18 horas como estaba previsto en la publicidad sino 17 con 30 la entrada que se me permitió; aquello me pareció increíble. 30 minutos más en el mejor museo del mundo, parecían tiempo extra en el paraíso.

Tras una rigurosa apreciación de cada obra -lo que siempre hace mi avance lento en estos lugares-, poco a poco apresuré el paso con el avance de los minutos ¡La última hora se me fue como un suspiro! Y es que a las 20 horas todo mundo debe estar fuera.

Así que dejé de compartir con mi familia la búsqueda en Internet de cada obra que me interesaba junto con un seguramente nada docto comentario de qué es lo que me llamaba la atención de cada una.

¡Debes de venir a la sala de los aromas!  Me dijo mi esposa Lupita. Y mi mente me llevó a un capítulo del futuro que seguramente más de alguno ha visualizado, en el que podamos mediante una videollamada también percibir olores, o palpar aquello de lo que estamos hablando. Pues bien, esta sala era eso, de entre 10 opciones, presionabas una de ellas a la vez y podías oler alguna esencia, que iba desde unos guantes de piel hasta un raro animal, pasando por múltiples aromas florales.

Ese episodio, completado por el "tesoro del delfín"  que incluía una gran cantidad de objetos en cristal, piedras preciosas y oro, redujo aún más el tiempo faltante.

Sin embargo no podía abandonar ese sitio sin ir a conocer Las Meninas de Velázquez. Y así fue. Paso presuroso, buscando la sala donde se encontraban, llegamos a una habitación alta, con un techo a manera de domo de cristal poligonal que resaltaba la majestuosidad del espacio, pero la mejor experiencia estaba por acontecer.

Frente a mi, la famosa pintura en un encuentro de altas expectativas. De entrada no me parecía nada relevante. Pero la lectura de la reseña junto con un análisis de aquellos ojos que traspasan el tiempo, vuelven aquello una experiencia mística.

Verdaderamente los personajes parece que te ven en cualquier espacio al que te muevas de la sala, pero es una mirada escudriñadora "sé que me ves y te veo" parecen expresar.  El hecho de que en el espejo incluido en la obra, se reflejen los padres de la infanta, que detrás del cuadro principal presencian la escena, da una experiencia de conjunto "hay más de lo que se puede ver" nos indicaría. Y otro rasgo es fundamental, la presencia del autor a manera de autorretrato en la obra, la dignididad de Velázquez para decir "estamos aquí", somos quienes hacemos posible estas excelsitudes, reivindicando la labor del artista.

Como si lo que se está percibiendo no fuera suficiente, la sala cuenta con un eco muy especial que hace que el murmullo de la gente se amplifique y juegue por los alrededores. Así pareciera que escucha uno voces del pasado, encarnadas en la actualidad mientras esas miradas intrigantes siguen ahí, mientras Velázquez nos recuerda que tiene la llave mágica del tiempo y mientras los padres de la infanta indican que no se han ido, sino que siguen observándolo todo.

La infanta y sus meninas nos recuerdan también que su presencia es presente como diría Octavio Paz y que non omnis moriar, no todo muere, como recordaría Horacio.

Ese fue mi encuentro con Velázquez, en el mejor museo del mundo y ante la posibilidad generosa de visitarlo de forma gratuita por parte de amables ciudadanas españolas.