Por: José de Jesús Marmolejo Zúñiga
Alguna vez leí en el Dr. Saavedra una frase que me detuvo como un relámpago en medio de la lectura: “el movimiento de la razón”. Al inicio me pareció lógico, casi evidente. “Sí, claro” —me dije—, la razón no puede permanecer inmóvil. Si el tiempo y el espacio avanzan y el ser humano con ellos, es natural que la razón también se transforme. CADA APRENDIZAJE, CADA REFLEXIÓN, VUELVE A PONERNOS EN MOVIMIENTO.
Llegó a mis manos un proyecto de investigación compilado por Miguel León-Portilla. No niego que fue su nombre el primer motivo para abrir el libro, pero la vida tiene esa manera precisa de entregar lo necesario en el momento justo. Allí, los “aprendizajes previos” se convirtieron en llaves que abrían otras perspectivas. Desde las primeras páginas me encontré con un universo de conceptos: epistemología de la historia, etnología, imágenes, lenguaje simbólico, categorías. Ideas que, en otro tiempo, habrían sido incomprensibles para mí, pero que hoy, gracias a la formación en ciencias sociales, adquirían sentido y peso.
Como reflexión inicial, advertí que muchas nociones que creemos modernas —subjetividad, interpretación, sentido, interrelación, razón— HAN ACOMPAÑADO A TODAS LAS SOCIEDADES DESDE SIEMPRE, aunque con distintos nombres y formas. Recordé al Ateneo de la Juventud o a los Contemporáneos en México, defendiendo la filosofía cuando el positivismo dominaba la Escuela Nacional Preparatoria. Ese es un ejemplo local, pero la historia universal está llena de estas tensiones entre visiones del mundo.
Pensar en el movimiento de la razón me llevó a compararlo con el movimiento físico: nada se desplaza sin dirección ni sentido; todo movimiento necesita un medio, sea aire, agua, tierra o vacío. La Física nos enseña que siempre hay fuerzas que resisten, como la fricción, y que el movimiento mismo es energía, energía cinética. ¿NO OCURRE LO MISMO CON LA RAZÓN? Ella también avanza, tropieza con resistencias, se transforma en energía que impulsa pensamiento y conocimiento. No es casual que tantos autores consideren la Filosofía como origen de las ciencias, ni que podamos leer en la Física una metáfora del pensamiento humano.
El texto de León-Portilla, elaborado con investigadores iberoamericanos y apoyado por instituciones de ambos continentes, giraba en torno al “encuentro de dos mundos” y su quinto centenario. Desde el inicio aparecían posturas contrastantes: unos lo interpretaban como descubrimiento y encuentro; otros, como transgresión y exterminio. La pregunta central era cómo vemos al otro: al desconocido, al que no tiene rostro aún. Y de ahí brotaban interrogantes cruciales: ¿QUÉ TANTO DEL PENSAMIENTO DE UN PUEBLO SE ESCONDE EN SUS PALABRAS? ¿QUÉ TANTO ESAS PALABRAS SE TRANSFORMAN EN ACCIÓN?
Para los conquistados, los conquistadores fueron ¿dioses o demonios? Preguntar por el otro es también preguntarnos por nosotros: ¿somos lo que el otro espera?, ¿somos justificación de un discurso frente a él? Los griegos tenían una categoría clara: quien no hablaba su lengua era bárbaro, aunque poseyera saberes tan vastos como los egipcios. El lenguaje, entonces, se revela como frontera y como puente. El texto evoca a Anaximandro, burlándose de sus predecesores por sus errores geográficos, aunque el tiempo terminó por confirmar parte de sus intuiciones. Y la conclusión es inevitable: NINGÚN GENIO PUEDE CONTENER TODA LA RAZÓN, PORQUE EL CONOCIMIENTO JAMÁS CABE EN UNA SOLA PERSONA.
La otredad, sin embargo, nunca ha desaparecido. Está siempre presente, recordándonos que solo en el diálogo con el otro, en la confrontación y el reconocimiento de sus argumentos, podemos construir una visión más amplia. Al final, nuestras verdades —tan firmes como creemos que son— NO SON MÁS QUE FRAGMENTOS DE UN MOSAICO QUE SIEMPRE SERÁ INTERPRETADO, CUESTIONADO O COMPLETADO POR LOS DEMÁS. En ese movimiento compartido, la razón se ensancha y se fortalece.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario